Aunque parecía una mañana cualquiera, aquella caminata por el sendero helado se convirtió en una historia que nunca olvidaré. Entre la hierba cubierta de escarcha descubrí un diminuto cuerpo acurrucado, rosado, frágil y casi inmóvil.
A primera vista parecía un cachorrito recién nacido: sin pelo, con la piel fina y una respiración tan leve que temí lo peor. Impulsado por esa mezcla de sorpresa y compasión que aparece sin pensarlo, la envolví en mi bufanda y volví a casa tan rápido como pude.