Tenía amigos, una familia que me quería y sueños que me motivaban cada día. Siempre fui alguien que cuidaba de los demás, que se preocupaba por las pequeñas cosas, pero nunca pensé en cuidar a fondo de mí misma… hasta que mi cuerpo me obligó a hacerlo.
Al principio, los cambios fueron casi imperceptibles. Me sentía más cansada de lo habitual, algunas molestias aparecían y desaparecían, y pequeños moretones surgían sin razón aparente. Ignoré estas señales, pensando que eran resultado del estrés o del cansancio. Me decía a mí misma que era fuerte y que podía con todo. Pero mi cuerpo tenía un mensaje importante que yo no estaba escuchando.