Esa mañana salí al balcón de manera completamente automática. Abrí la ventana, respiré hondo y dejé que el cuerpo despertara poco a poco. Era un gesto rutinario, casi mecánico. Nada hacía presagiar que en cuestión de segundos esa calma se rompería por completo.
De pronto, mi mirada se detuvo en la pared.
Algo estaba allí. Se movía.
No fue un movimiento claro ni inmediato. Era lento, extraño, como si tuviera vida propia. Sentí un nudo en el estómago. El primer pensamiento fue una sombra. El segundo, mucho más inquietante: una serpiente. El corazón me dio un vuelco, las palmas de las manos comenzaron a sudar y la respiración se volvió corta, irregular. Me quedé paralizada, mirando fijamente, con miedo incluso de parpadear.