Esa mañana salí al balcón de manera completamente automática. Abrí la ventana, respiré hondo y dejé que el cuerpo despertara poco a poco. Era un gesto rutinario, casi mecánico. Nada hacía presagiar que en cuestión de segundos esa calma se rompería por completo.
De pronto, mi mirada se detuvo en la pared.
Algo estaba allí. Se movía.