Esa mañana salí al balcón y noté algo extraño moviéndose dentro de la pared. En ese momento me superaron con puro terror, sobre todo cuando me di cuenta de lo que era

No fue un movimiento claro ni inmediato. Era lento, extraño, como si tuviera vida propia. Sentí un nudo en el estómago. El primer pensamiento fue una sombra. El segundo, mucho más inquietante: una serpiente. El corazón me dio un vuelco, las palmas de las manos comenzaron a sudar y la respiración se volvió corta, irregular. Me quedé paralizada, mirando fijamente, con miedo incluso de parpadear.

El miedo a lo desconocido

Cuanto más observaba, más dudas surgían. No parecía una serpiente. Sus movimientos no eran suaves ni fluidos, sino espasmódicos, torpes, casi desesperados. La criatura parecía avanzar dentro de la pared, mientras una parte de su cuerpo —la cola— quedaba afuera, atrapada.

“Debe ser algo enorme con una cola delgada”, pensé, intentando darle forma a lo que veía.

Una oleada de ansiedad y asco se mezcló con el miedo. La sensación era profunda, casi primitiva. Como si hubiera sido testigo de algo que no debía ver, algo prohibido. Quería gritar y, al mismo tiempo, dar la vuelta, irme y fingir que nada había pasado.

El descubrimiento

Aun temblando, me acerqué un poco más. Fue entonces cuando lo noté con claridad: la criatura estaba atrapada en una grieta de la pared. No tenía salida. No podía avanzar ni retroceder.

Y en ese instante lo comprendí.

No era una serpiente. Era un eslizón. Un lagarto real. Vivo.

La revelación fue inmediata y extraña. El terror se desinfló de golpe, dejando espacio a otra emoción completamente distinta.

Del terror a la compasión

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *