En el momento exacto en que Jesús entregó su espíritu, algo impresionante ocurrió en el Templo de Jerusalén:
el velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo se rasgó de arriba hacia abajo.
Este velo simbolizaba la separación entre Dios y la humanidad. Solo el sumo sacerdote podía atravesarlo, y solo una vez al año.
Cuando el velo se rompió, se interpretó como una señal de que, a través del sacrificio de Jesús, el acceso a Dios quedaba abierto para todos, sin intermediarios.
No fue un accidente ni un simple fenómeno físico: fue un mensaje espiritual.
2. La tierra tembló y las rocas se partieron
Los Evangelios narran que la muerte de Jesús fue acompañada por un fuerte terremoto.
Las rocas se partieron y el suelo tembló en Jerusalén.
En la mentalidad hebrea, los fenómenos naturales extremos eran considerados señales directas de intervención divina.
Este terremoto fue visto como una reacción de la creación misma ante la muerte del Hijo de Dios.
La naturaleza respondió a lo que había ocurrido.
3. Las tumbas se abrieron y muchos resucitaron
Este es uno de los eventos más sorprendentes y menos comentados.
El Evangelio de Mateo relata que, tras la muerte de Jesús, muchas tumbas se abrieron y personas justas que habían muerto resucitaron.
Después de la resurrección de Jesús, estos santos entraron en Jerusalén y fueron vistos por muchas personas.
Este hecho simboliza que la muerte había sido derrotada.
Jesús no solo murió: abrió el camino para la vida eterna.