Un sonido suave, insistente, rompió el silencio absoluto de la selva.
No era un golpe humano, sino un llamado desesperado, un golpeteo rítmico sobre la madera de la cabaña del guardabosques.
Marcos, guardián solitario de aquella reserva remota, abrió los ojos de golpe.
Su corazón comenzó a latir con fuerza mientras se arrastraba lentamente hasta la puerta y miraba por la mirilla.
Lo que vio desafió toda lógica.
Una leopardo preñada, herida, exhausta, temblando en la oscuridad.
No había amenaza en sus ojos dorados.
Solo desesperación.
Un pedido silencioso de refugio.